Más allá de Asia oriental

La recepción occidental

Un jesuita en Pekín envió a Leibniz un diagrama de los sesenta y cuatro hexagramas y este reconoció en él su propia aritmética binaria. Dos siglos y medio después, el mismo libro era un éxito de ventas en San Francisco. Pocos textos se han transformado con tanta profundidad por el hecho de ser traducidos.

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Las corrientes

Cada generación encontró un libro distinto: una prueba de la revelación cristiana, una curiosidad de la lógica oriental, un instrumento psicológico, un oráculo contracultural y, al final, un documento de la Edad del Bronce.

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Figurismo jesuita

Pekín y París siglos XVII a XVIII

Una minoría de misioneros jesuitas sostuvo que los clásicos chinos conservaban una memoria desfigurada de la revelación bíblica, y buscó en los hexagramas huellas de los patriarcas. Roma desaprobó aquella postura; con todo, esa corriente propició el primer acercamiento europeo riguroso al texto.

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Aritmética binaria

Hanóver 1701–1703

Joachim Bouvet envió a Leibniz la disposición de Fu Xi de los sesenta y cuatro hexagramas; Leibniz observó que, al leer las líneas discontinuas como cero y las continuas como uno, se obtienen en orden correlativo los números del cero al sesenta y tres. Lo interpretó como una confirmación milenaria de su propio sistema.

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Las primeras traducciones

Gran Bretaña y Europa siglo XIX

La versión de Thomas McClatchie de 1876 y la traducción de James Legge de 1882 para la colección Sacred Books of the East vertieron el texto completo al inglés. A Legge la obra le resultaba antipática y no lo ocultó, algo que salta a la vista en sus páginas.

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La edición Wilhelm-Baynes

Alemania y Estados Unidos 1924 y 1950

La traducción alemana de Richard Wilhelm, elaborada junto al erudito Lao Naixuan, fue vertida al inglés por Cary F. Baynes con un prólogo de Jung. Se convirtió en el texto canónico en Occidente y definió la imagen que casi todo lector occidental tiene de la obra.

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Sincronicidad

Zúrich décadas de 1930 a 1950

La propuesta de Jung de un principio de conexión acausal, formulada en parte para explicar lo que observaba al consultar los Cambios. Proporcionó a los lectores occidentales un marco para tomarse en serio el oráculo sin necesidad de asumir la adivinación en sus propios términos.

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Operaciones de azar en el arte

Nueva York 1951 en adelante

John Cage empleó tiradas de hexagramas para determinar la altura, duración y dinámica de las notas en Music of Changes y en gran parte de su obra posterior, convirtiendo el libro en una herramienta compositiva e influyendo en toda una generación de artistas y coreógrafos.

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El I Ching literario

Europa y América siglo XX

Philip K. Dick lo consultó mientras escribía El hombre en el castillo, novela en la que sus personajes también lo consultan. Autores como Hesse o Borges lo asimilaron, y el libro pasó a ser una referencia habitual en la narrativa de posguerra.

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La contracultura

Estados Unidos y Europa décadas de 1960 y 1970

La edición de Wilhelm-Baynes alcanzó tiradas masivas entre lectores ajenos a la sinología, asentándose junto al zen, el vedanta y la psicodelia. La mayor parte de la familiaridad popular de Occidente con el libro procede de aquellos años.

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Ocultismo occidental

Gran Bretaña y Europa siglo XX

Aleister Crowley utilizó los Cambios como oráculo de cabecera durante décadas e intentó correlacionar los hexagramas con el Árbol de la Vida cabalístico, una asimilación que pervive en ciertos sectores del esoterismo occidental.

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La analogía del código genético

Europa y América 1970 en adelante

La existencia de sesenta y cuatro hexagramas y sesenta y cuatro codones en el ADN dio pie a una abundante literatura que empareja ambos esquemas. Se trata de numerología antes que de biología, pero la comparación ha sido lo bastante tenaz como para exigir aclararlo.

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El descubrimiento de manuscritos

China 1973 en adelante

Los manuscritos en seda de Mawangdui y hallazgos posteriores como los de Guodian sacaron a la luz versiones tempranas con un orden distinto de hexagramas y variantes textuales, transformando lo que la filología puede afirmar sobre la formación del texto.

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El giro histórico

Gran Bretaña y América 1980 en adelante

Richard Rutt, Edward Shaughnessy, Richard J. Smith y otros leyeron el Zhouyi como un registro adivinatorio de la Edad del Bronce y no como un tratado de sabiduría, ofreciendo traducciones radicalmente distintas de la de Wilhelm.

Las figuras

Misioneros, matemáticos, traductores, un psicólogo, los artistas que lo adoptaron como método de trabajo y los sinólogos que lo devolvieron a sus orígenes.

Joachim Bouvet

1656–1730 Francia y Pekín

Misionero jesuita y matemático en la corte del emperador Kangxi, además de principal exponente del figurismo. Mantuvo correspondencia con Leibniz durante años y le remitió el diagrama de los hexagramas que propició su intuición binaria.

Gottfried Wilhelm Leibniz

1646–1716 Hanóver

Ya había desarrollado la aritmética binaria cuando recibió el diagrama de Bouvet en 1701. Interpretó la disposición de Fu Xi como una confirmación milenaria independiente y publicó sobre el tema, brindando al Libro de los Cambios su primer arraigo en la historia intelectual europea.

Thomas McClatchie

1812–1885 Shanghái

Misionero anglicano que elaboró la primera traducción íntegra al inglés en 1876, abordando el texto desde la mitología comparada. Legge la valoró muy poco, y en la actualidad se lee sobre todo como una curiosidad histórica.

James Legge

1815–1897 Escocia, Hong Kong, Oxford

El traductor victoriano por excelencia de los clásicos chinos, cuyo Yi King de 1882 se publicó en la serie Sacred Books of the East. Trabajó con rigor en una obra que le resultaba frustrante, y su versión sigue siendo valiosa por su literalidad.

Lao Naixuan

1843–1921 Qingdao

Erudito chino que instruyó a Richard Wilhelm en los Cambios a lo largo de varios años, analizando el texto línea por línea. La traducción de Wilhelm refleja tanto su magisterio como la investigación del sinólogo alemán.

Richard Wilhelm

1873–1930 Qingdao y Fráncfort

Misionero convertido en sinólogo que vivió más de veinte años en China y tradujo los Cambios al alemán en 1924. Su versión aborda la obra a través de la tradición de comentarios confucianos y ha moldeado la comprensión occidental más que ninguna otra.

Cary F. Baynes

1883–1977 Estados Unidos

Traductora y analista que vertió el texto alemán de Wilhelm al inglés en la edición publicada en 1950. Su minucioso trabajo permitió que el libro se difundiera en el mundo anglófono de una forma legible y atractiva.

C. G. Jung

1875–1961 Zúrich

Consultó los Cambios durante décadas y escribió el prólogo de la edición de Baynes, en el que obtiene un hexagrama sobre el propio libro. Formuló su concepto de sincronicidad en parte para dar cuenta de aquella experiencia.

Hellmut Wilhelm

1905–1990 Alemania y Seattle

Hijo de Richard Wilhelm y sinólogo profesional, cuyas conferencias y ensayos ofrecieron a Occidente el primer estudio académico riguroso sobre el funcionamiento estructural de los Cambios.

John Cage

1912–1992 Nueva York

Recurrió a las tiradas de hexagramas para tomar decisiones de composición a partir de Music of Changes en 1951 y mantuvo esa práctica durante cuarenta años. A él se debe que el libro ocupe un lugar en la historia de la música del siglo XX.

Philip K. Dick

1928–1982 California

Consultó los Cambios mientras escribía El hombre en el castillo, cuyos personajes también recurren al oráculo, y declaró más tarde que el libro había guiado la trama. La novela obtuvo el premio Hugo en 1963.

Edward L. Shaughnessy

nacido en 1952 Chicago

Destacado especialista occidental en manuscritos chinos tempranos, que tradujo los Cambios de Mawangdui y ha contribuido decisivamente a determinar cómo era el texto antes de que se fijara la versión recibida.

Un libro que cambia con sus lectores

La trayectoria del Libro de los Cambios en Occidente constituye un caso paradigmático de recepción. En cada etapa, los lectores europeos y americanos encontraron el libro que estaban preparados para encontrar. La sucesión de esas lecturas resume tres siglos de evolución intelectual en Occidente: indicio de la revelación bíblica, curiosidad de la lógica oriental, instrumento psicológico, oráculo contracultural y, finalmente, un documento de la Edad del Bronce sobre sacrificios y contiendas bélicas.

Leibniz y el diagrama binario

El primer encuentro riguroso con Europa se produjo a través de la misión jesuita en Pekín. Un grupo de misioneros conocidos como figuristas sostenía que los clásicos chinos conservaban una memoria distorsionada de la revelación bíblica, y rastreó los textos antiguos en busca de sus huellas. Roma no acogió la idea con entusiasmo y aquella postura nunca llegó a ser doctrina oficial de la misión; sin embargo, impulsó el primer estudio sistemático de los Cambios en Europa.

Joachim Bouvet, matemático en la corte de Kangxi, mantuvo correspondencia con Leibniz durante años y en 1701 le envió un diagrama de los sesenta y cuatro hexagramas en el orden atribuido a Fu Xi. Leibniz ya había formulado la aritmética binaria. Al leer las líneas discontinuas como cero y las continuas como uno, descubrió que esa disposición genera correlativamente los números enteros del cero al sesenta y tres.

Su interpretación fue hija de su época: vio en el diagrama una ratificación milenaria, la prueba de que una civilización remota había alcanzado la misma verdad. La investigación moderna ha aclarado que la disposición de Shao Yong del siglo XI se obtuvo mediante división binaria sucesiva por razones cosmológicas y no como cálculo aritmético. Con todo, la correspondencia formal es rigurosa, y brindó a los Cambios su primer lugar en el pensamiento europeo.

La traducción

Thomas McClatchie publicó la primera versión íntegra en inglés en 1876, interpretada desde un prisma de mitología comparada que no ha envejecido bien. La traducción de James Legge de 1882 para los Sacred Books of the East fue una obra de mucha mayor solidez. A Legge el libro le resultaba ajeno e incómodo, lo admitió sin tapujos y legó una traducción cuya literalidad todavía la hace útil.

El punto de inflexión decisivo se debió a Richard Wilhelm. Misionero y luego académico, Wilhelm vivió más de veinte años en China y estudió los Cambios con Lao Naixuan, un letrado de la dinastía Qing formado en la educación clásica, con quien desgranó el texto a lo largo de varios años. Su traducción alemana apareció en 1924, Cary F. Baynes la vertió al inglés y la edición de la Fundación Bollingen de 1950 contó con el prólogo de Jung.

Aquella edición explica por qué la mayoría de los lectores occidentales percibe los Cambios como un tratado de sabiduría filosófica sobre la conducta del hombre noble. Wilhelm transmitió la tradición comentarial confuciana con fidelidad, pero transmitió solo una lectura entre varias posibles. No es el libro que habría reconocido un adivino de la corte Zhou.

Jung y la sincronicidad

Jung consultó la obra durante décadas y meditó en profundidad sobre los motivos por los que parecía funcionar. Su prólogo a la edición de Baynes adopta una forma singular: consulta un hexagrama para preguntar qué tienen que decir los Cambios acerca de su llegada al mundo anglófono, y detalla la respuesta obtenida.

Su noción de sincronicidad, un principio de conexión acausal que vincula estados psíquicos con sucesos externos, nació en parte para dar sentido a este fenómeno. Al margen de la valoración que merezca, cumplió un papel histórico concreto: ofreció a los lectores occidentales cultos una vía para tomarse el oráculo en serio sin necesidad de creer en la adivinación, y explica en gran medida por qué el libro fue recibido como un instrumento psicológico en vez de como una mera superstición.

El libro como método

A partir de 1951, John Cage recurrió a las tiradas de hexagramas para fijar la altura, duración y dinámica del sonido, empezando con Music of Changes y continuando durante cuatro décadas. El propósito no era profético, sino distanciar el gusto personal de la composición. Por mediación de Cage, este método llegó a Merce Cunningham, Jasper Johns y a un amplio círculo artístico.

Philip K. Dick lo consultó mientras escribía El hombre en el castillo, obra en la que los propios personajes hacen lo mismo, y declaró más tarde que el oráculo había estructurado el argumento. La novela obtuvo el premio Hugo en 1963.

Llegó entonces la contracultura, y la edición de Wilhelm-Baynes alcanzó cifras de venta insólitas para una traducción académica. Durante veinte años compartió espacio con el zen, el vedanta y la psicodelia como lectura cotidiana, y fue en ese periodo cuando cuajó la familiaridad general de Occidente con la obra.

El giro histórico

Dos acontecimientos cambiaron el rumbo de los estudios. La arqueología sacó a la luz versiones más antiguas del texto: los manuscritos sobre seda de Mawangdui, excavados en 1973, presentan un orden de hexagramas distinto y numerosas variantes textuales, a los que se sumaron hallazgos posteriores en Guodian y otros yacimientos.

Por otra parte, toda una generación de especialistas se propuso leer el Zhouyi como lo que parece ser: un registro adivinatorio de la Edad del Bronce. El subtítulo de la obra de Richard Rutt lo llamaba con esas mismas palabras. Edward Shaughnessy investigó los manuscritos y Richard J. Smith redactó la historia cultural canónica. Sus traducciones ofrecen un aspecto desconcertantemente ajeno al de Wilhelm: menos filosofía y más ganado, cautivos, sacrificios y expediciones militares.

Dos libros, ambos reales

Los lectores occidentales tienen hoy acceso a dos versiones muy distintas de los Cambios, y conviene tener presente que ambas son legítimas.

Una de ellas es el clásico canónico tal como lo leyó Asia oriental durante dos milenios, enriquecido por las Diez Alas y los comentarios confucianos: un libro sobre la conducta moral y la coyuntura vital. Ese es el texto de Wilhelm y lo que la tradición entendió mayoritariamente por los Cambios.

La otra es el texto Zhou tal como existía antes de que se construyera ese andamiaje interpretativo: sobrio, a menudo enigmático y centrado en sacrificios, cacerías y guerras. Ese es el libro de Rutt y Shaughnessy, y se acerca más a lo que se redactó en un principio.

Preferir el estrato más antiguo no implica mayor autenticidad en un sentido estricto. Los Cambios han sido un clásico filosófico durante mucho más tiempo del que fueron un manual de la Edad del Bronce, y la tradición exegética forma parte indisoluble de la obra. Con todo, quien se acerque al texto debe saber cuál de los dos tiene entre manos, y la mayoría de las ediciones no lo aclara.

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